Otra forma de hablar con la vida.
YOGA NIDRA, LIMINALIDAD Y ENSUEÑO.
Hay veces en las que el cuerpo se detiene sin previo aviso.
Como si la vida nos tomara suavemente por los hombros y nos susurrara: ahora, detente, descansa.
Eso me sucedió hace unos días.
Una lesión me llevó a la inmovilidad, a la quietud total… y a deshacer los planes que anidaban en mí, deseosos del vuelo al que me invitaban.
Y en esa quietud —una pausa llena de simbolismo y significado— comenzó a desplegarse otro lenguaje.
Ese que no nace de las palabras, sino del silencio.
Mientras yacía en esa pausa imprescindible, una de las participantes del taller Sankalpa, el corazón de la intención compartió algo que me tocó hondo.
Una melodía que había comenzado a visitarla mientras ella también se sumergía en su propio silencio.
En esa pausa a la que nos lleva Yoga Nidra, en la que los párpados se cierran al mundo para abrir la mirada interna a lo que no se ve, pero se siente.
Para abrir los brazos de la percepción a lo que emerge no como pensamiento, sino como ensueño.
Para abrir los oídos del corazón a lo que se escucha entre los ecos del silencio.
Lo que ella escuchó fue música.
Una música que llegó como lo hacen las visiones del mundo imaginal: sin prisa, sin forma definida, pero cargadas de sentido.
Cuando nos entregamos al descanso profundo.
Cuando confiamos en otra forma de hablar con la vida.
Cuando, por fin, dejamos de empujar.
Llamó a esa melodía Otras formas de hablar con los árboles.
Y es eso exactamente: una voz sin voz, una mirada que, para abrirse, necesita que cerremos los ojos.
Un mundo que surge ante nosotras, siempre, al otro lado de los párpados cerrados.
Ese lugar donde el Yoga Nidra nos lleva sin esfuerzo: al umbral entre la vigilia y el sueño, donde lo verdadero puede revelarse.
Un espacio de liminalidad, donde lo viejo se disuelve y lo nuevo aún no tiene forma.
Ese estado —tan sutil, tan preciado— en el que dejamos de hacer.
No intentamos, no buscamos, no decidimos.
Sólo somos.
Y en ese estado, el cuerpo empieza a recordar cómo descansar de verdad.
La mente se suelta de sus nudos.
Y el alma… el alma canta.
Esta pieza musical me ha acompañado durante estos días de convalecencia como un bálsamo invisible.
Como si alguien, sin verme, me tendiera la mano desde el otro lado del bosque.
Porque a veces, cuando una no puede moverse, aprende a volar hacia adentro.
Y ahí, en la penumbra tibia del descanso, aparece el ensueño.
No como fuga, sino como reverie, como espacio de imaginación creadora.
Esa ensoñación que, como decía Bachelard, no evade el mundo, sino que lo reencanta desde dentro.
Allí donde la intimidad del alma toca la vastedad del universo.
Tal vez, al escucharla, también tú reconozcas esa voz antigua que emerge cuando todo se aquieta.
Esa que no necesita palabras… porque viene de lo profundo.