Cuando cesan las fluctuaciones mentales.

LA CONSCIENCIA SE RECONOCE A SÍ MISMA.

La mente, como el agua, se agita con el viento de los pensamientos.

 

Deseos, memorias, dudas, historias…

 

Todo danzando en la superficie, reflejando fragmentos, confundiendo profundidad con movimiento.

Pero hay un momento —leve, precioso, casi imperceptible—
en que las olas se aquietan.

 

El viento cede.
Y el agua se vuelve espejo.

Es entonces cuando la consciencia, libre de formas, se ve a sí misma.

 

No como idea, no como identidad,
sino como pura presencia.

 

Infinita. Serena. Clara.

Este es el misterio que revelan los sabios:
no tienes que buscar la luz,
porque ya la eres.

 

Solo necesitas descansar del oleaje.
Dejar de agitar el lago.

Yogash chitta vritti nirodhah, dice el antiguo aforismo.

 

Yoga es el cese de las fluctuaciones de la mente.

 

Pero no como imposición…
sino como retorno.

 

Como quien deja de correr y se sienta, por fin, a respirar.

En esa quietud, no hay necesidad de definirse.

 

No hay lucha. No hay separación.

 

Solo el ser reconociéndose en su estado natural:
luminoso, libre, indiviso.

Cuando las olas callan, el océano recuerda que siempre fue inmenso.

 

Cuando cesan las fluctuaciones, la consciencia se mira,
y en ese mirar, florece.